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23 de agosto

 

San Mateo 20, 1-16

El Señor nos relata aquella parábola tan bonita de aquel hombre que sale a buscar  trabajadores para la viña, sale a buscar a distintas horas y a todos los llama por igual.

 

Lo curioso, lo notable de esta Parábola es que, no solo que llama a todos, llama a distintas horas, les da la misma oportunidad a todos  de trabajar, sino que además les da a todos la misma paga, a todos les paga por igual.

Cuenta la sorpresa de aquellos que habían trabajado más, el dueño de la mies les entrega a sus trabajadores exactamente lo mismo, a todos.

 

Así es el Señor con nosotros, a todos nos llama, tal vez a algunos en la primera hora en el primer momento de nuestra vida; a otros más adelante, a otros en plena juventud, a otros ya en la adultez. Lo importantes es todos recibiremos la misma paga, la paga del reino de los cielos, la paga de gozar junto a Él de la vida eterna, de esa vida que Él nos ha prometido y nos entregará cuando partamos al encuentro con El.

Por eso sería interesante, en este día, te propongo, que te preguntes ¿Cuál ha sido el momento de tu vida el Señor te ha llamado? ¿A dónde estabas?  ¿Qué estabas haciendo? ¿Cómo te encontró? El que te llamo. ¿Cuál ha sido tu respuesta? ¿Si has sabido aceptar la invitación a trabajar en su Reino? ¿Si has aceptado su propuesta? O si todavía no has terminas de aceptarla.

 

Que el Señor te de la gracia de encontrar en Él el premio y la alegría de todo tu esfuerzo, de todo tu trabajo. Aceptar también a tus hermanos que son obreros en tu misma villa  y con ellos trabajar juntos en comunión, construyendo el reino.

22 de agosto

 


San Mateo 19, 23-30

 

Cada 22 de agosto la Iglesia Católica celebra la memoria de “Santa María, Reina de los cielos y la tierra”.

Fue instituida por el Papa Pío XII, en 1955 para venerar a María como Reina igual que se hace con su Hijo, Cristo Rey, al final del año litúrgico. A Ella le corresponde no sólo por naturaleza sino por mérito el título de Reina Madre.

 

María ha sido elevada sobre la gloria de todos los santos y coronada de estrellas por su divino Hijo. Está sentada junto a Él y es Reina y Señora del universo.

 

María fue elegida para ser Madre de Dios y ella, sin dudar un momento, aceptó con alegría. Por esta razón, alcanza tales alturas de gloria. Nadie se le puede comparar ni en virtud ni en méritos. A Ella le pertenece la corona del Cielo y de la Tierra.

 

María está sentada en el Cielo, coronada por toda la eternidad, en un trono junto a su Hijo. Tiene, entre todos los santos, el mayor poder de intercesión ante su Hijo por ser la que más cerca está de Él.

La Iglesia la proclama Señora y Reina de los ángeles y de los santos, de los patriarcas y de los profetas, de los apóstoles y de los mártires, de los confesores y de las vírgenes. Es Reina del Cielo y de la Tierra, gloriosa y digna Reina del Universo, a quien podemos invocar día y noche, no sólo con el dulce nombre de Madre, sino también con el de Reina, como la saludan en el cielo con alegría y amor los ángeles y todos los santos.

 

La realeza de María no es un dogma de fe, pero es una verdad del cristianismo. Esta fiesta se celebra, no para introducir novedad alguna, sino para que brille a los ojos del mundo una verdad capaz de traer remedio a sus males.

21 agosto

 


San Mateo 19,16-22

 

El evangelio de hoy nos narra la historia del joven que pregunta por el camino de la vida eterna. Jesús le indica el camino de la pobreza. El joven no acepta la propuesta de Jesús, porque era muy rico y una persona rica está protegida por la seguridad que le da la riqueza.

Agarrada a las ventajas de sus bienes, vive preocupada en defender sus propios intereses. Una persona pobre por lo general no tiene esta preocupación, pero hay pobres con mentalidad de ricos.

Muchas veces, el deseo de riqueza crea en ellos una enorme dependencia y hace que el pobre sea esclavo del consumismo, queda teniendo deudas por todos los lados. Y no tiene más tiempo para dedicarse al servicio del prójimo.

 

El joven había preguntado por la vida eterna. ¡Quería la vida junto a Dios! Pero Jesús sólo recordó los mandamientos que hablan respecto de la vida junto al prójimo! Para Jesús, sólo conseguiremos estar bien con Dios, si sabemos estar bien con el prójimo. La puerta para llegar hasta Dios es el prójimo.

El joven observaba sin saber ¡para qué servían estos mandamientos! Si lo hubiera sabido, no hubiera hecho la pregunta. Le sucede como a muchos de nosotros que no sabemos el porqué cumplimos normas sin conocer el profundo sentido.

La observancia de los mandamientos es apenas el primer grado de una escala que va mucho más lejos y más alto. ¡Jesús pide más! La observancia de los mandamientos prepara a la persona para que pueda llegar a la entrega total de sí a favor del prójimo. Marcos dice que Jesús miró al joven con amor (Mc 10,21). Jesús pide mucho, pero lo pide con mucho amor. El joven no acepta la propuesta de Jesús y se va, “porque tenía muchos bienes”

19 de agosto

 


San Mateo 19, 13-15

Para entrar en el Reino de los Cielos hay que imitar al Hijo de Dios que se agacha, se abaja y se encuentra con el hombre desde su misma humanidad, frágil y débil, indefensa. Identificado en todo con nosotros menos en el pecado se hizo él uno de los nuestros, dice Pablo. No hay modo de transformar la realidad si no es agachándose, es decir, dando desde adentro de nosotros mismos lo mejor que tenemos para ofrecer. Sin abajarse, sin hacerse uno con lo frágil, lo débil, lo vulnerable, lo pobre, no hay posibilidad de que las cosas cambien. En la fragilidad se manifiesta el poder y la grandeza de Dios. Esto es hacerse como niño.

 

Siendo pequeños Dios nos robustece el corazón, el alma, y nos permite en consistencia, desde Él, ser capaces de construir un mundo nuevo y nuestro compromiso en un valor concreto para que sea casa para todos.

 

La ofrenda y entrega de amor de un niño no tiene cálculo, no especula, no mide cuánto le será correspondido. Es así, se entrega. Sólo esto comienza a ocurrir, el medir la entrega, cuando el amor ha sido herido y entonces comienza a trabajar interiormente aquello que nos hace ser más prudentes a la hora de entregarnos y ahí es cuando la cosa cambia, cuando hemos sido heridos, golpeados por la vida, tendemos a replegarnos.

Hay que volver a desplegarnos, del repliegue al despliegue, tenemos que hacer ese camino por el camino de la confianza, recuperando el niño que tenemos dentro, recuperando la frescura y la alegría, recuperando le don de sí mismo para con los demás, sencillamente porque lo queremos compartir. Eso se espera de quién está llamado a participar del Reino y de hacer del mundo en el que vivimos un lugar habitado por Dios .

 

No tengas miedo de entregar lo mejor de vos mismo. Aunque a vos no te parezca ser visto, Dios te ve. Los niños, como dice Jesús en el evangelio, tienen este mundo desde donde nos enseñan a vivir ofrendados y entregados. Mientras vamos dando pasos de confianza queremos estar ahí, lanzados en Él, vamos sencillamente desplegando lo mejor de nosotros mismos y poniéndolo en Él. Todo lo que en Dios entregamos se multiplica.

 

Tenemos que recuperar esa condición de niños que nos sentimos tomados por los brazos de Dios. Viene con actos profundos de humildad donde Dios nos regala esa posibilidad y esta gracia de humildad que no depende de cuántos actos de humillaciones nosotros hacemos sino cuánto de la presencia grande de Dios gana nuestro corazón.

 La humildad, bellamente definido por Anselm Grum, es fruto de la grandeza de Dios, no de que el hombre se haga pequeño. Cuando Dios es grande, el hombre queda en su lugar, no hay forma de que ocupe otro lugar. Por eso ¿a qué le apuntamos?, le apuntamos a la grandeza de Dios. ¿A dónde entregamos lo mejor de nosotros mismos? Al que es el más grande entre los grandes.