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4 de febrero

 

San Marcos 6, 14-29

El evangelio de hoy tiene como protagonista a Juan el Bautista, figura admirable por su ejemplo de entereza en la defensa de la verdad y su valentía en la denuncia del mal. De Juan aprendemos sobre todo su rectitud de carácter y la coherencia de su vida con lo que predicaba. El Bautista había ido siempre con la verdad por delante, en su predicación al pueblo, a los fariseos, a los publicanos, a los soldados. Ahora está en la cárcel por lo mismo.

Juan Bautista muere como profeta mártir. Su denuncia del mal, sin miedo al enfado de los fuertes, de Herodes, le trajo la muerte. Por eso Juan quedará en el recuerdo del pueblo como profeta coherente que lleva su misión hasta el final sin cobardía. La muerte es su compañera esperada, su corona y su triunfo.

Nosotros, tal vez, no llegaremos a estar amenazados de muerte. Pero sí somos invitados a seguir dando un testimonio coherente y profético, a anunciar la Buena Noticia de la salvación con nuestras palabras y con nuestra vida en medio de un mundo que persigue valores que no lo son, o que levanta altares a dioses falsos. Habrá ocasiones en que también tendremos que denunciar el mal allí donde existe.

Los hombres de nuestro tiempo no quieren más maestros, lo que necesitan son testigos que les demuestren con sus obras  lo que dicen con sus palabras. Por ello la vida y la muerte de Juan el Bautista es toda una invitación para la Iglesia, para las comunidades cristianas: a la fidelidad, la perseverancia, al martirio si es preciso.

 

3 de febrero

 


San Marcos 6, 7-13

El evangelio de hoy nos mete de lleno en la dinámica misionera de Jesús y de la Iglesia. El Señor envía a los doce como anuncio de lo que va a ocurrir después de la Pascua y Pentecostés. Una Iglesia misionera, en salida, peregrina en la historia. Una Iglesia que decida en sus convicciones sale a anuncia lo único importante:  el Reino de Dios y su justicia; la persona mismísima de Jesús.

Pero lo que hoy me llama más la atención del texto es que Jesús le pide a sus apóstoles que se queden en las casas donde los reciban. Y cuando sea el tiempo que partan.

Esto me resulta significativo dado que muchas veces, me parece, convertimos la misión en hechos esporádicos durante el año. Creo que muchas veces el riesgo que se corre es el de pensar que los cristianos somos misioneros por ir a misionar durante el año a algún lugar. Sin embargo resuena la palabra de Jesús: quédense en las casas.

Claro que esto nada tiene que ver con estancarse y ceder frente al miedo y encerrarse en uno mismo. Lo de Jesús más bien pasa por pedir que lo que se haga es lo que él vive permanentemente en su Encarnación: hacerse uno más. Meterse en la realidad. Embarrarse.

Muchas veces creo que hemos hecho de la misión un “toco y me voy”. Es decir, paso unos días en algún lugar que no es el mío y comparto con la gente. Yo creo que es una muy linda experiencia. Pero si nos quedamos con eso solo, nos quedamos cortos.  “yo me puedo ir, ellos no…”

Entonces uno se pregunta: ¿ir a misionar o ser misioneros? Creo que el desafío que se nos presenta hoy es no sólo ir a misionar. Lo que Jesús nos pide es que seamos misioneros. En todo momento. En todo lugar. Todo los días, todo el año.

Jesús no tuvo “temporadas de misión”. Toda su vida fue misión permanente. Está bien ir a misionar. Pero no nos alcanza. Tenemos y deseamos y queremos ser misioneros. No solamente por un tiempo sino toda la vida.

Nos puede parecer difícil, claro. Sin embargo es la única manera de vivir cristianamente: dar testimonio de que el Reino está entre nosotros y queremos apurar su venida.

La misión pasa por las cosas pequeñas, sencillas y cotidianas de todos los días. Pasa cuando me decido a dejar de mirarme el propio ombligo y me doy cuenta que hay gente que tiene necesidad de mí, de mi originalidad. Ahí hay misión.

 Cuando soy capaz de romper con mi marco de seguridad y confort personal para dar una mano, consolar, escuchar, compadecerme… Cada vez que desarrollo mi capacidad de empatía con los demás miles de personas con las que comparto mi destino diario y me siento más hermano de ellos y estoy dispuesto a vivir con ellos, “quedándome en sus casas”, soy misionero de Jesús.

Y así vamos sin alforjas, sin dinero, sin vestimenta… A la intemperie y en itinerancia. Así queremos vivir los cristianos.

2 de febrero

 

San Lucas 2, 22-32

Cada 2 de febrero la Iglesia Universal celebra la fiesta de la Presentación del Señor Jesús en el Templo, en la que recordamos el encuentro de la Sagrada Familia con Simeón y Ana -que es también el encuentro del Señor con su pueblo-, y la purificación ritual de la Virgen María después de haber dado a luz al Salvador.

Según la antigua costumbre del pueblo de Israel, al nacer un primogénito este debía ser llevado al Templo para su presentación cuarenta días después de haber nacido. Así hicieron María y José con el niño Jesús, cumpliendo con lo que ordenaba la Ley de Moisés. Por eso, la Iglesia cuenta 40 días después de la Navidad para celebrar la fiesta de la Presentación del Señor, el 2 de febrero.

Al llegar al Templo, los padres de Jesús con el niño en brazos se encuentran con Simeón, el anciano al que el Espíritu Santo prometió que no moriría sin antes ver al Salvador del mundo. Fue el mismo Espíritu quien puso en boca de este profeta que ese pequeño niño sería el Redentor y Salvador de la humanidad (Ver Cántico de Simeón: Lc 2,22-40).

También aquel día se encontraba en el Templo la hija de Fanuel, de la Tribu de Aser, llamada Ana. Ella era una mujer de edad muy avanzada; había enviudado solo 7 años después de haberse casado y permaneció así hasta los 84 años. Ana andaba día y noche en el Templo, adorando a Dios, ofreciendo ayunos y oraciones. Ella, al ver al niño, lo reconoció y empezó a proclamar a todos los que esperaban la redención de Jerusalén que la Salvación había llegado.

1 de febrero

 

San Marcos 5, 21-43

El evangelio nos muestra lo que es la confianza, la seguridad en Dios, que todos estamos llamados a tener a través de esta mujer que decía: “Con solo tocar su manto, quedaré curada”. Decimos que vivimos una época de inseguridad, y no solo lo decimos, también lo vivimos y lo experimentamos por todos lados, aparece siempre la inseguridad, como el gran tema.

Esta mujer, tenía seguridad, seguridad porque sabía que iba a salir algo especial, como de hecho así sucedió, la fe es algo maravilloso.  La historia de la encarnación se abre siempre con estas palabras: “No temas, no temas María” y a San José también le va a decir el ángel:” José, hijo de David, no temas” a los pastores, lo vivíamos en navidad, como cada año, les repetirá de nuevo el ángel: ”No tengan miedo”.

Este comienzo de la entrada de Dios en el mundo marca un estilo propio de la presencia de Jesús entre los hombres. Dios nunca llega tarde para atender a sus hijos, lo vemos en el camino, en la vida de Jesús en el texto que hoy toca de San Marcos, aun en los casos que parecen más extremos, Dios llega siempre, aunque sea de modo misterioso, y oculto, en el momento oportuno de nuestra vida. Los pasajes de la resurrección de Lázaro, de la hija de Jairo, este pasaje de hoy, deben animarnos a todos a tener en Dios una confianza inquebrantable, a andar sin miedos, si con prudencia, pero andar sin miedos por la vida.

 Tenemos tantos momentos en la vida cristiana, en lo que nos hemos encontrados en situaciones extremas, y que bueno escuchar las mismas palabras que Jesús le dice a Jairo en una situación en la que parece que todo está perdido, cuando le comunican la muerte de su hija:” No temas, solo ten Fe” y esto se lo repite a todo cristiano cuando acudimos a Él con confianza: “No temas, ten solo Fe” 

La plena confianza en Dios, con los medios humanos que sean necesarios poner en cada situación, nos dan a todos, una singular fortaleza y una especial serenidad, ante tantos acontecimientos y dificultades en las que nos sentimos inseguros y con miedo. Que el Señor siempre fortalezca nuestra mirada interior, para que aún en los momentos más limites podamos poner nuestra confianza en el Señor.