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4 de octubre


 San Lucas 10, 38-42

Fundador de la orden franciscana. Hijo de un rico mercader llamado Pietro di Bernardone, Francisco de Asís era un joven mundano de cierto renombre en su ciudad.

En 1202 fue encarcelado por unos meses a causa de su participación en un altercado entre las ciudades de Asís y Perugia. Tras este lance, aquejado por una enfermedad e insatisfecho con el tipo de vida que llevaba, decidió entregarse al apostolado y servir a los pobres. En 1206 renunció públicamente a los bienes de su padre y vivió a partir de entonces como un ermitaño.

San Francisco de Asís predicó la pobreza como un valor y propuso un modo de vida sencillo basado en los ideales de los Evangelios.

El papa Inocencio III aprobó su modelo de vida religiosa, le concedió permiso para predicar y lo ordenó diácono. Con el tiempo, el número de sus adeptos fue aumentando y Francisco comenzó a formar una orden religiosa, la de los franciscanos. Además, con la colaboración de santa Clara, fundó la rama femenina de su orden, que recibió el nombre de clarisas.

Sin embargo, la dirección de la orden no tardó en pasar a los miembros más prácticos, como el cardenal Ugolino (que luego fue Papa) y el hermano Elías, y él pudo dedicarse por entero a la vida contemplativa. Durante este retiro, San Francisco de Asís recibió los estigmas (las heridas de Cristo en su propio cuerpo), según testimonio de él mismo, y compuso el poema Cántico de las criaturas o Cántico del hermano sol, que influyó en buena parte de la poesía mística española posterior.

San Francisco de Asís fue canonizado dos años después de su muerte, el 15 de julio de 1226, y sus sucesores lo admiraron tanto por su modelo de austeridad como por su sensibilidad poética.

 

3 de octubre


 San Lucas 10,25-37

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo”

Estas palabras resumen todo el mensaje del Evangelio: los cristianos, siguiendo el ejemplo de Cristo, no concebimos el amor a Dios sin el amor al prójimo. Como bien dice San Juan en su primera carta: “quien dice que ama a Dios a quien no ve y no ama a su hermano a quien ve, es un mentiroso”.

Jesucristo es claro en esta materia, al unir, al anudar estos dos mandamientos del amor: amor a Dios y amor al hombre. Aquí, Jesús nos está dando una tremenda Buena Noticia, nos está diciendo que el amor a Dios es posible aquí y ahora… ¿Dónde? En el amor al hermano, especialmente, en el amor al hermano herido, al hermano abandonado al borde del camino.

La pregunta que dispara el Evangelio de hoy es ineludible, la pregunta sería: ¿Cómo está tu amor a Dios, es decir, cómo está tu amor al hermano necesitado?

Siguiendo en la línea del Buen Samaritano, siguiendo en la línea de Mateo 25, no olvidemos jamás que al cristiano se le pedirán cuentas ¡Sí, lo que oyeron!, a los cristianos se nos pedirán cuentas del amor, del servicio, de la atención que hemos brindado a los más necesitados. Quien no apruebe este “test samaritano”, quien no apruebe el examen de “amor al hermano pobre y herido”, difícilmente lo salve el saberse de memoria la ley o repetir como loro el catecismo. Así como reprobaron en la parábola el sacerdote y el levita, así también corremos el peligro de reprobar nosotros si al ver un hermano caído, hacemos un rodeo y seguimos de largo.

Permítanme terminar con tres imágenes que resumen tres tipos de hombres:

i) Existen los “hombres tortugas”: se trata de personas que viven encerradas en su caparazón. Por ello, no son capaces de ver y oír las necesidades de sus hermanos. Se trata de personas que viven sólo para su metrito cuadrado, sólo atentos a su ombligo, a su “yo”, a sus necesidades.

ii) Existen los “hombres tomógrafos”: se trata de personas que sí son capaces de ver, de escanear las heridas de sus hermanos, pero no son capaces de curarlas, no son capaces de hacerse cargo. Ven, pero no hacen nada. Ven, pero pasan de largo.

iii) Por último, existen los “Buenos Samaritanos”: hombres y mujeres que no pueden ver un dolor sin remediarlo, que no pueden ver un herido y seguir de largo, hombres y mujeres capaces de amar a Dios en el servicio a los más necesitados.

1 de octubre

 

San Lucas 10, 17-24

Cada 1 de octubre recordamos a Santa Teresita del Niño Jesús, religiosa carmelita descalza, nacida en Francia, quien vivió durante el último cuarto del s. XIX.

"Quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra” es quizás la frase que identifica mejor a Santa Teresita, porque expresa muy bien su belleza y su sencillez. Aquellas palabras, al mismo tiempo, encierran una profundidad inusitada: retratan perfectamente su visión de la vida, sostenida en una fe y confianza inmensas, anclada en un corazón lleno de ternura y amor por Cristo. Santa Teresita -aun habiendo sido monja de clausura- es considerada patrona de las misiones y ostenta el título de Doctora de la Iglesia.

María Francisca Teresa Martin Guérin -nombre de pila de la santa- vivió solo 24 años: nació el 2 de enero de 1873 (Normandía, Francia) y murió el 30 de septiembre de 1897 (Lisieux, Francia). Su vida estuvo caracterizada por su austeridad, lejos de los reconocimientos y el ruido del mundo. Murió casi en el anonimato y a su funeral, en el antiguo cementerio de Lisieux, no asistieron más de 30 personas. Por eso, puede que sorprenda a algunos que esta jovencita haya podido dejar uno de los testimonios de amor más excepcionales a la Iglesia y el mundo.

Una de las formas más sencillas para acercarse y comprender el legado de esta santa es a través de “Historia de un alma”, un libro que reúne sus escritos personales, y que fuera publicado un año después de su muerte. Se trata, sin duda, de un texto que refleja muy bien lo que sucede en un alma que ha sido transformada y que está completamente enamorada de Jesús.

Santa Teresa de Lisieux fue canonizada el 17 de mayo de 1925 por el Papa Pio XI, y proclamada Doctora de la Iglesia por San Juan Pablo II el 19 de octubre de 1997. El Papa Peregrino dijo aquella vez: “Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz es la más joven de los ‘Doctores de la Iglesia’, pero su ardiente itinerario espiritual manifiesta tal madurez, y las intuiciones de fe expresadas en sus escritos son tan vastas y profundas, que le merecen un lugar entre los grandes maestros del espíritu… El deseo que Teresa expresó de pasar su cielo haciendo el bien en la tierra sigue cumpliéndose de modo admirable. ¡Gracias, Padre, porque hoy nos la haces cercana de una manera nueva, ¡para alabanza y gloria de tu nombre por los siglos!”, concluyó San Juan Pablo II.


30 de septiembre


 San Lucas 10, 13-16

Hablar de San Jerónimo en el mundo de la traducción es hablar de una de las figuras  más célebres de la historia de la humanidad. Pero no mucha gente sabe en profundidad quién es San Jerónimo, o Jerónimo de Estridón, su nombre anterior a ser beatificado.

San Jerónimo es mundialmente conocido porque fue la primera persona que tradujo la Biblia al latín corriente, desde la versión hebrea y la versión griega (conocida como Biblia Septuaginta). El resultado fue la Vulgata, o Biblia latina.  Pero todo el proceso anterior y posterior a este momento es, en ocasiones, olvidado. Y es necesario conocerlo para reconocer el valor del trabajo de San Jerónimo.

San Jerónimo fue una persona tremendamente avanzada para su época, el siglo IV d.C. Oriundo de Estridón, ciudad de la provincia romana de Dalmacia. Desde joven recibió una educación amplia y rica, estudiando en Roma desde su adolescencia. Desde su infancia demostró una curiosidad por la retórica y la literatura fuera de lo común. Tras años de estudio decide convertirse al cristianismo y comienza a dedicar su vida al estudio de las Sagradas Escrituras.

Pero su conocimiento en lenguas extranjeras llegó a los 27 años, cuando estudió griego. También estudió hebreo en los años venideros, lo que acabó convirtiéndole en traductor e intérprete de grandes personajes de la época.

 Entre estos se encuentran Paulino de Antioquia o el Papa Dámaso, del que termina siendo secretario. San Jerónimo acaba convirtiéndose en puente entre la Iglesia de Occidente y la de Oriente, ya que se ocupa de la correspondencia entre ambas. Es el mismo Papa Dámaso el que le encomienda revisar las traducciones existentes de la Biblia y comenzar a realizar él una.

Además de ser un traductor y autor prolífico, es un referente en la historia de la traducción. Fue uno de los defensores de la traducción fiel a la lengua meta, respetando el texto original, pero sin copiarlo palabra por palabra. Aun así, consideraba que la traducción de textos religiosos debía hacerse con precaución, respetando al máximo los originales.

San Jerónimo fue un hombre de mundo, un erudito respetado en su época y en las siguientes; fue y seguirá siendo una de las figuras más respetadas de la historia por su amplia cultura y saber.

Una de sus frases más populares es “Desconocer las escrituras es desconocer a Cristo”.