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19 de agosto

 


San Mateo 19, 13-15

Para entrar en el Reino de los Cielos hay que imitar al Hijo de Dios que se agacha, se abaja y se encuentra con el hombre desde su misma humanidad, frágil y débil, indefensa. Identificado en todo con nosotros menos en el pecado se hizo él uno de los nuestros, dice Pablo. No hay modo de transformar la realidad si no es agachándose, es decir, dando desde adentro de nosotros mismos lo mejor que tenemos para ofrecer. Sin abajarse, sin hacerse uno con lo frágil, lo débil, lo vulnerable, lo pobre, no hay posibilidad de que las cosas cambien. En la fragilidad se manifiesta el poder y la grandeza de Dios. Esto es hacerse como niño.

 

Siendo pequeños Dios nos robustece el corazón, el alma, y nos permite en consistencia, desde Él, ser capaces de construir un mundo nuevo y nuestro compromiso en un valor concreto para que sea casa para todos.

 

La ofrenda y entrega de amor de un niño no tiene cálculo, no especula, no mide cuánto le será correspondido. Es así, se entrega. Sólo esto comienza a ocurrir, el medir la entrega, cuando el amor ha sido herido y entonces comienza a trabajar interiormente aquello que nos hace ser más prudentes a la hora de entregarnos y ahí es cuando la cosa cambia, cuando hemos sido heridos, golpeados por la vida, tendemos a replegarnos.

Hay que volver a desplegarnos, del repliegue al despliegue, tenemos que hacer ese camino por el camino de la confianza, recuperando el niño que tenemos dentro, recuperando la frescura y la alegría, recuperando le don de sí mismo para con los demás, sencillamente porque lo queremos compartir. Eso se espera de quién está llamado a participar del Reino y de hacer del mundo en el que vivimos un lugar habitado por Dios .

 

No tengas miedo de entregar lo mejor de vos mismo. Aunque a vos no te parezca ser visto, Dios te ve. Los niños, como dice Jesús en el evangelio, tienen este mundo desde donde nos enseñan a vivir ofrendados y entregados. Mientras vamos dando pasos de confianza queremos estar ahí, lanzados en Él, vamos sencillamente desplegando lo mejor de nosotros mismos y poniéndolo en Él. Todo lo que en Dios entregamos se multiplica.

 

Tenemos que recuperar esa condición de niños que nos sentimos tomados por los brazos de Dios. Viene con actos profundos de humildad donde Dios nos regala esa posibilidad y esta gracia de humildad que no depende de cuántos actos de humillaciones nosotros hacemos sino cuánto de la presencia grande de Dios gana nuestro corazón.

 La humildad, bellamente definido por Anselm Grum, es fruto de la grandeza de Dios, no de que el hombre se haga pequeño. Cuando Dios es grande, el hombre queda en su lugar, no hay forma de que ocupe otro lugar. Por eso ¿a qué le apuntamos?, le apuntamos a la grandeza de Dios. ¿A dónde entregamos lo mejor de nosotros mismos? Al que es el más grande entre los grandes.