San Mateo
19, 13-15
Para entrar
en el Reino de los Cielos hay que imitar al Hijo de Dios que se agacha, se
abaja y se encuentra con el hombre desde su misma humanidad, frágil y débil,
indefensa. Identificado en todo con nosotros menos en el pecado se hizo él uno
de los nuestros, dice Pablo. No hay modo de transformar la realidad si no es
agachándose, es decir, dando desde adentro de nosotros mismos lo mejor que
tenemos para ofrecer. Sin abajarse, sin hacerse uno con lo frágil, lo débil, lo
vulnerable, lo pobre, no hay posibilidad de que las cosas cambien. En la
fragilidad se manifiesta el poder y la grandeza de Dios. Esto es hacerse como
niño.
Siendo
pequeños Dios nos robustece el corazón, el alma, y nos permite en consistencia,
desde Él, ser capaces de construir un mundo nuevo y nuestro compromiso en un
valor concreto para que sea casa para todos.
La ofrenda y
entrega de amor de un niño no tiene cálculo, no especula, no mide cuánto le
será correspondido. Es así, se entrega. Sólo esto comienza a ocurrir, el medir
la entrega, cuando el amor ha sido herido y entonces comienza a trabajar
interiormente aquello que nos hace ser más prudentes a la hora de entregarnos y
ahí es cuando la cosa cambia, cuando hemos sido heridos, golpeados por la vida,
tendemos a replegarnos.
Hay que
volver a desplegarnos, del repliegue al despliegue, tenemos que hacer ese
camino por el camino de la confianza, recuperando el niño que tenemos dentro,
recuperando la frescura y la alegría, recuperando le don de sí mismo para con
los demás, sencillamente porque lo queremos compartir. Eso se espera de quién
está llamado a participar del Reino y de hacer del mundo en el que vivimos un
lugar habitado por Dios .
No tengas
miedo de entregar lo mejor de vos mismo. Aunque a vos no te parezca ser visto,
Dios te ve. Los niños, como dice Jesús en el evangelio, tienen este mundo desde
donde nos enseñan a vivir ofrendados y entregados. Mientras vamos dando pasos
de confianza queremos estar ahí, lanzados en Él, vamos sencillamente desplegando
lo mejor de nosotros mismos y poniéndolo en Él. Todo lo que en Dios entregamos
se multiplica.
Tenemos que
recuperar esa condición de niños que nos sentimos tomados por los brazos de
Dios. Viene con actos profundos de humildad donde Dios nos regala esa
posibilidad y esta gracia de humildad que no depende de cuántos actos de
humillaciones nosotros hacemos sino cuánto de la presencia grande de Dios gana
nuestro corazón.
La humildad, bellamente definido por Anselm
Grum, es fruto de la grandeza de Dios, no de que el hombre se haga pequeño.
Cuando Dios es grande, el hombre queda en su lugar, no hay forma de que ocupe
otro lugar. Por eso ¿a qué le apuntamos?, le apuntamos a la grandeza de Dios.
¿A dónde entregamos lo mejor de nosotros mismos? Al que es el más grande entre
los grandes.