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Posible Beatificación de monseñor Oscar Romero

Jon Sobrino, director del Centro Monseñor Romero
06/11/2014
Nos ha llegado la noticia de imprevisto. En la reunión del clero del 4 de noviembre, monseñor José Luis Escobar dijo que, en su estancia en Roma, el papa Francisco le comunicó que monseñor Óscar Romero será beatificado el año entrante. El arzobispo no dio detalles sobre la fecha y el lugar. Pero la noticia ya ha llenado de alegría.
Los dos papas anteriores, Juan Pablo II y Benedicto XVI, hablaron de ello, pero no con mucha convicción y decisión. Y se notaba el temor de incomodar a los poderosos: “Todavía no es el tiempo oportuno”. El lenguaje del Vaticano era ambiguo y poco entusiasmante.
Todo ha cambiado con el papa Francisco. Hace un año dijo que la causa de monseñor estaba estancada, pero que sin duda avanzaría. Más que estancada pienso que estaba bloqueada por muchos intereses que nada tienen que ver con Jesús de Nazaret.
Lo hemos dicho muchas veces: la alegría y el júbilo de la gente está asegurado. Pero he solido tener un pequeño temor y una duda: qué dirá el acta de canonización sobre monseñor Romero. Santo y virtuoso lo fue en grado sumo. Pero fue algo más, como lo puso en palabras Ignacio Ellacuría en la misa de funeral de la UCA, inmediatamente después del asesinato del arzobispo: “Con monseñor Romero, Dios pasó por El Salvador”. Por aquellos mismos días, don Pedro Casaldáliga escribió el poema San Romero de América, pastor y mártir nuestro. Y espontáneamente el pueblo lo llamó “santo”. El culto del pueblo, popular, ha sido masivo, aunque no está permitido durante el proceso de beatificación.
Esperamos, pues, al año entrante. En 2015 no habrá mundiales ni juegos olímpicos. No lucharán unos contra otros parea ganar. Algo o mucho ganaremos todos, con excepción de algunos irredentos. No correrán millones de millones para esconder pobreza, violencia y angustias. Sí habrá pupusas y tamales.
En 2015 ganará la niñita de una champa de Zimbabue, quien, cuando le pregunté en 2007 qué conocía de El Salvador, me dijo al instante: “Un obispo”. Y días después, también en Zimbabue, saludé a Desmond Tutu. Le dije que venía de El Salvador y me contestó: “¡La tierra de Romero! ¡Cuánto le recordábamos en tiempos de guerra!”. Y así, muchas otras historias que no cabrían en todos los libros del mundo.
Ha desaparecido mi temor de que beatifiquen a un monseñor Romero aguado. Hoy es difícil manipularlo. Y una petición: “San Romero de América, ruega por todos los pobres del mundo. Y ruega por este pueblo salvadoreño, que es el tuyo”.

 http://www.uca.edu.sv/noticias/texto-3282

¿Una pandemia más mortífera que el ébola?


En un mundo cada vez más global e interconectado, encontrarnos de golpe con una enfermedad mortal sin cura genera gran preocupación y alarma.
En los últimos meses hemos visto crecer la preocupación en torno al brote epidémico de ébola en varios países africanos. La alarma internacional ha sido enorme y la información facilitada por los medios ha ido creciendo en intensidad al mismo ritmo que crecía el número de personas afectadas y fallecidas como consecuencia de esta enfermedad. Las organizaciones humanitarias que se han desplazado a colaborar en el terreno con los servicios locales de salud para intentar dar la mejor respuesta posible a esta gravísima situación transmiten una enorme preocupación ante el terrible peligro que hay que afrontar y la gran escasez de medios con que hay que trabajar.
El ébola no es nuevo, es un ya un viejo conocido. Pero este brote nos está zarandeando con mucha intensidad. La OMS habla ya de unos tres mil muertos y varios miles de afectados, pero sin duda deben ser más, pues no es fácil tener buenas estadísticas en muchos de estos países. Y hemos visto cómo algunos compatriotas nuestros que habían dedicado su vida a trabajar en estos lugares, la han visto truncada por esta epidemia.
En un mundo cada vez más global e interconectado, encontrarnos de golpe con una enfermedad de altísima mortalidad, muy contagiosa, para la que sólo se han desarrollado tratamientos en fase experimental, genera en nosotros un gran temor, incertidumbre, preocupación y alarma.
No olvidemos que tenemos entre manos una pandemia mucho más mortífera que el ébola, el sida y la malaria juntos: el hambre.
Este brote epidémico nos está enseñando algunas lecciones muy importantes:
- Cada día más, la salud es global. Incluso por egoísmo, no podemos desentendernos de la salud de nuestros hermanos de otros países. El mundo es ahora más pequeño y las enfermedades viajan más rápido. Lo pudimos experimentar en 2003 con la neumonía atípica (SARS), que se expandió en pocos meses a 30 países, y en 2009 con la epidemia de la gripe A que llevó a la OMS a establecer los máximos niveles de alerta.
- Deberíamos estar atentos y dispuestos a cooperar para dar respuestas adecuadas a los problemas de salud no desde el momento de uno de estos brotes sino desde mucho antes, apoyando la investigación y la prevención, haciendo que algunas de esas enfermedades tropicales dejen de tener el apellido de "olvidadas". La semana pasada, uno de los científicos que descubrió el ébola en 1976, Peter Piot, explicaba en una entrevista que en aquellos años pensó que esta enfermedad no era una gran amenaza porque los brotes eran siempre breves y locales. Pero parece que algo ha cambiado y que este nuevo brote nos ha pillado mal preparados. ¿Hemos desaprovechado casi 40 años para avanzar en la investigación sobre esta enfermedad?
- Uno de los ingredientes más mortíferos de una epidemia de este tipo es la pobreza en que vive la población. La falta de condiciones higiénicas, el mal abastecimiento de agua potable y de saneamiento, la mala alimentación, las condiciones de las infraviviendas: todo ello, junto a sistemas sanitarios débiles y faltos de recursos, hace aumentar exponencialmente las posibilidades de propagación y dificulta la capacidad de frenar la enfermedad. Luchar de forma constante contra la pobreza y el hambre es una buena "vacuna" para estas situaciones.
Ojalá que el ébola no se nos olvide. Ojalá que no pierda interés y atención. Ojalá que sepamos aprender las importantes lecciones que nos está enseñando y reforcemos nuestro compromiso de cooperación por la salud y contra la pobreza. En los últimos cuatro años los fondos destinados por España a la cooperación en el sector de la salud se han reducido casi un 85%.
Pero tampoco olvidemos que tenemos entre manos una pandemia mucho más mortífera que el ébola, el sida y la malaria juntos. Una pandemia que es responsable de varios miles de muertes diarias. Sí, diarias. Una pandemia que parece que nos preocupa menos, quizás porque no es contagiosa. El hambre.
En estos días se ha hecho público el informe anual de la FAO que actualiza las cifras del hambre en el mundo. Hemos avanzado algo, pero sigue habiendo más de 800 millones de personas hambrientas en el mundo, aunque se producen suficientes alimentos para una población incluso mayor que la actual.
A pesar de los compromisos reiterados de lucha contra el hambre que se vienen haciendo en la comunidad internacional en los últimos 40 años, los avances son muy pobres. El impacto de esta pandemia del hambre es brutal e inhumano, pero no reaccionamos. ¿Hay alguna esperanza? Sí, la hay, pero eso os lo contaremos el próximo día 16 de octubre, Día Mundial de la Alimentación. Δ
José María Medina. Director de Prosalus. CCS

Fuente: Revista Fusion