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El Misionero: Un invitador a la alegría

No podemos negar que vivimos en un mundo herido, acelerado y plagado de valores materiales en donde encontramos hombres y mujeres que se sienten tristes, vacíos e insatisfechos a pesar de tener una vida “exitosa”. La sociedad de hoy se ha acostumbrado a ver cosas increíbles, casi todos los días, gracias a los vertiginosos avances de la tecnología. Lo increíble se ha hecho parte del pan nuestro de cada día; pocas cosas nos impresionan hoy y la belleza de las cosas humildes y sencillas es cada vez más ignorada.
Estamos dejando de sentir para analizar y parte de nuestra misión es devolverle la importancia a ese alegre y sencillo lenguaje de la naturaleza, al misterio de la vida, al contacto directo con la creación, a la alegría de servir; en otras palabras, recuperar el ánimo de vivir.

San José Freinádemetz decía que el misionero no es la Luz, sino quien refleja la Luz; por eso el misionero siempre está en el lugar indicado: por dondequiera que vaya sus acciones impactan en las personas, aunque no lo conozcan, porque para él la alegría y el optimismo se han vuelto un hábito, una actitud, una reacción, una decisión que se traduce en una invitación a la alegría de vivir a pesar de las dificultades o al menos en un cuestionamiento de los valores de la sociedad actual donde reinan la economía y el poder. Es cierto que recibimos en nuestros seminarios una amplia preparación para la vida religiosa. Se cubren los aspectos esenciales y tenemos experiencias previas como los programas de formación transcultural o prácticas en parroquias y hospitales; sin embargo, cuando nos asignan nuestro nuevo destino y tenemos que enfrentar una nueva realidad por nosotros mismos, nos encontramos con situaciones inesperadas de las que nunca nos hablaron en el seminario.  
Cada nuevo pueblo o ciudad en que trabajamos tiene su propia cultura, sus costumbres, sus dolores, sus
sufrimientos y su felicidad; puede que al principio seamos rechazados, pero cuando las personas encuentran en nosotros a un compañero de camino al que pueden acercarse, que les brinda su apoyo a pesar de las circunstancias adversas y siempre las anima con mucho optimismo a seguir adelante, empiezan a aceptarnos y, poco a poco, a comprender que la carga es más ligera si se comparte con Cristo, nuestro prójimo, y eso nos llena de satisfacción, de alegría, de felicidad porque no existe mayor satisfacción para el misionero que la alegría de servir; sentir que estamos formando parte del plan de Cristo; sentir que ayudamos a sanar las heridas de nuestra gente allí donde estamos.

En conclusión, la optimista y alegre actitud del misionero comprometido con el plan de Dios influye en un campo de batalla donde los valores materiales y económicos pelean con los valores cristianos y la fe por ocupar el mejor lugar: el corazón del hombre. No es una batalla sencilla, pero siempre que reflejemos la luz del Verbo Divino y podamos invitar a escoger la alegría y el optimismo a pesar de las dificultades entregando nuestra vida al servicio de nuestros pueblos, encontraremos la satisfacción de un trabajador que ha cumplido con su tarea.


P. Luis Antonio Vergara, SVD, Superior Regional CAM